AY CUBA!

Pepe Ginebra, como apodo endilgado a José Martí, se erige en símbolo ilustrativo de cómo somos los cubanos en verdad y de cuánto merecemos cuanto padecemos. Ahora mismo, exactamente ahora mismo, existen motivos para pensar que el futuro de este país se decide en Washington, como razones hay para opinar que el día de mañana, en un escenario de presuntas libertades, Cuba estará más cercana a la Rusia de Yeltsin ¿o Putin? que a una Costa Rica. Porque Suecia o Dinamarca, admitámoslo honestamente, suena a reinos perdidos entre la bruma de las generaciones.

Soñar a Cuba como nación madura exige una intención autocrítica general, nada visible por ahora, y dirigida por máxima tan simple como ésta: “No desees, ni hagas al otro, lo que no quieres para ti”. Sueño como éste implica tener el valor de echar abajo el altarito de la “mitología nacional”, recurso de primera para inducir desde estribor o babor una visión distorsionada de la Cuba de hoy, que a la postre conduce a la eterna repetición del error.

Pepe Ginebra llegó a las cumbres de su gloria porque supo soñar con los pies sobre la tierra, armado además de una paciencia envidiada por los capos del Barrio Chino de La Habana. Como a Roberto Luque, su muerte prematura de soldado bisoño me parece absurda. Sin embargo, no lo fue. Dios no otorga por mucho tiempo semejante bendición de hombre a pueblo que no lo merece. Y a buen entendedor, pocas palabras.
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